Haibun

Chiringuito
José Ángel Cebrián

Para mirar el mar he despertado a todos; en el apartamento duermen – Oti y Juan – junto a la terraza que surge el oriente y en la que está tendido mi bañador.
El sol brilla intenso y deslumbrante sobre los rayos del mar, dándole sentido al amanecer ; el oleaje temprano es un vaivén que acuna con susurros.
Aún no se han montado los chiringuitos asolanados y suena otra música; otra espuma de plástico rompe en la playa; otro baile. Las olas tatúan – a cada golpe – los instantes en la arena mientras, los más veteranos pasean inclinados.
Cuando el camarero trae el segundo cortado dudo sobre si ir a nadar o seguir en la terraza mirando; sé que los pensamientos mojados no los pasaré a la libreta, se quedarán entre la salina.
Un velero biplaza atraviesa la reverberación del sol.

Día de playa,
en el bar que desayuno
sin nadie anoche.

***

Hogueras y memorias
Felix Arce

Hacía años que no aguardaba la noche frente a una hoguera. Delante del albergue el hospitalero ha juntado unos pocos troncos en el centro de unos bancos improvisados. Algunos peregrinos charlan del camino, de la cena frugal, de las estrellas fugaces que rondan en torno a estas fechas del año, del mañana que traerá un nuevo-mismo camino.
Al pie de las montañas la noche llega deprisa. Parece resbalar desde las cumbres desnudas ya cubiertas por las nubes de la tarde. Hay un silencio fresco aquí que cala los huesos, bajo la charla desvaída de los peregrinos y el insistente soniquete de los insectos. Miro las llamas que brillan cada vez más en la oscuridad incipiente. Más allá del cielo encapotado correrán las estrellas fugaces, pienso.

Hace años, sí. Saco una foto de la hoguera con mi móvil y se la envío a uno de mis amigos de entonces. De acampadas y aventuras. No sé por qué. No hay texto. No hace falta.
Otra-misma tarde, hace ya años, junto al río, aguardando la noche para contemplar las estrellas fugaces, en ese momento difuso entre la noche y el día, cuando la serenidad del atardecer desciende suavemente sobre cada hoja de hierba. La charla con los amigos de acampada, tranquila, entre risas, con la cándida camaradería de la temprana juventud. De pronto una sombra, como una rúbrica en el aire de la tarde, casi rozando el suelo y remontándose en un segundo para perderse de nuevo en el bosque. No recuerdo de qué estábamos hablando en ese momento pero sí recuerdo el silencio que vino entonces. Solo nos callamos. Nada más. Como sumergidos de pronto en un misterio que borra de un plumazo todas las palabras.

No hacían falta. La belleza radical y cristalina de la naturaleza se había presentado ante nosotros sin más, y todos nos habíamos dado cuenta. No sé cuánto duró aquel silencio. Después, poco a poco, el discurso del río, de los insectos y los amigos volvió a enhebrar el atardecer.

Nunca olvidaré aquel silencio. Nunca aquella sombra del atardecer.
Ya en la litera del albergue, metido en el saco de dormir, escucho el viento de la montaña merodear entre los árboles. No lo sabíamos entonces pero aquellas tardes blancas junto al río estaban ya contadas. Que tan fugaces eran nuestros cándidos corazones de agua como las estrellas que esta noche no veré. Como aquella sombra casi transparente que vino y se fue en apenas nada.
Me gustaría volar, pienso de repente. Casi rozar la tierra y volver al cielo en un instante, perderme en el mundo.

raya el alba
sobre los restos de la hoguera
vuelan murciélagos

***

Camino por el campo
Lídia Castro Navàs

Camino por el campo y la naturaleza guía mis pasos sosegados, sin un rumbo fijo, siguiendo solo las sendas que se dibujan en un paisaje bañado por el sol, lleno de verdes y amarillos, amarillos y verdes.

Se mueve el sol y
gira la amarilla flor.
Verano por fin.

***

Las nubes
Susana Benet

He cerrado el libro y me he puesto a mirar las ramas aún desnudas de la acacia, junto a las otras ya vestidas de hojas nuevas que giran y giran movidas por el viento. Sobre el cielo navegan, muy lentas, enormes nubes blancas, como inmensos veleros rumbo al mar. El gato se despereza sobre un sillón en la terraza, indiferente al parloteo de los periquitos que en su jaula, excitados como niños, saltan de un lado a otro y le hablan a su propia imagen, reflejada en un espejo. Los colores de sus plumas se confunden con el verde y amarillo de las plantas, en este pequeño bosque urbano que ha ido creciendo poco a poco sobre la calle. No importan el día ni la hora. Lo que importa es apresar este instante y retenerlo antes de que se desvanezca como esas nubes que antes se veían compactas y que ahora avanzan rotas.

Llegan y pasan
lentamente las nubes
Fugaz instante.

***

Secuoyas
Félix Arce

¿De dónde nace el silencio perfecto que me rodea? Las secuoyas gigantes de Kings Canyon parecen contemplar mi insignificancia y guardar silencio. Camino unos pasos sobre la nieve, patino, me deslizo un poco. A veces un pájaro carpintero golpea en algún lugar del bosque. Mis pasos, su eco, su golpeteo, su eco. Camino y suena, me detengo y el silencio. Un silencio que me desgarra como un grito. Su eco en mi corazón, su eco que resbala desde las hojas escurriendo por el tronco rojo y atraviesa la nieve hasta las raíces de mi corazón.

Espero. Grabo con mi cámara. ¿Qué? ¿el pájaro carpintero? ¿los troncos rojizos e inmensos? ¿las hojas verdes y oscuras? ¿el silencio?

Miro arriba, una y otra vez. Arriba y más arriba, hasta que las hojas verdes se hacen cielo, en un lugar más allá de mis ojos. Rodeo los troncos. Decenas de huellas, mis huellas, alrededor de un solo tronco. Inmenso. Esta catedral gigantesca… esta oración de siglos… ¿a qué dioses invocará?

Casi todos los árboles tienen las marcas de los rayos. Cuántos rayos a lo largo de siglos habrán caído aquí.

Imagino esa luz deslumbrando una y otra vez la profundidad del bosque. Esa luz. Miro el tranquilo atardecer que se esparce sobre la nieve. Inspiro profundamente el aire que huele a conífera. Un retazo de su aliento penetra mis pulmones diminutos. Sólo un instante.

Aquí, pareciera por un momento que camino entre la eternidad. Pero sólo es un espejismo. Las secuoyas gigantescas y las montañas son tan efímeras como la nieve, como mis ojos, asombrados ante ellas.

con los nudillos
respondiendo a la llamada
del picapinos

***

Amanece
Jan Tilkut

Hace frío aquí fuera y la hierba sigue mojada. No, mojada no; cubierta de rocío, es distinto. Como una galaxia de diminutos y brillantes soles. No solo materia; mundos. ¡Tan frágiles! Y yo, de repente, me convierto en Shiva, el Destructor. Mis pasos se detienen, titubeo… ¿Qué me pasa? Solo es agua. Materia. Se esfumará en cuanto la radiación solar eleve la temperatura y su estado pase de líquido a gaseoso. Como si nunca hubiese estado ahí. Como haremos todos. Pero, mientras tanto…

Esta mañana
al despertar lo descubrí:
También soy rocío.

***